Apocalypse Now

CON TODA SEGURIDAD ni usted ni yo veremos el Fin del Mundo. ¿No le apena perdérselo? ¡En APOCALYPSE NOW, S.L. le hemos puesto solución! Por un módico precio, disfrute de un Fin del Mundo a su medida. Escoja un final bíblico, o un conflicto global, y averigüe cómo sería el fin de los días. ¡Llame ya! Presupuesto sin compromiso.

CABALLERO, SE ESTÁ USTED MURIENDO

Para ser un hombre de setenta y pico con los días contados, encajó estoicamente la noticia. El médico decidió repetírselo, por si su avejentado cerebro no había descodificado correctamente la información.

– Sé muy bien lo que me ha querido decir: tengo un cáncer inoperable y voy a morir. ¿Cuánto tiempo me queda?
– No creo que pueda volver a ponerse unas bermudas.
– ¿Tan poco tiempo? Hum… –el anciano sacó un cigarrillo de su pitillera y se lo encendió sin pedir permiso– Ni se le ocurra prohibírmelo: a partir de ahora, morirme me autoriza a vivir como yo quiera.
– Usted verá: eso sólo acelerará el proceso.
– Qué más dará tres días que cuatro.
– Si quiere, puedo ponerle en contacto con un psicólogo que le ayudará a aceptar su nueva condición…
– ¿Y cuál es? ¿La de muerto andante? No, gracias. Malgastaré estos meses a mi manera.
– ¿Tiene usted familia?
– Nunca he poseído nada que pudiera perder en una timba de póquer.
– En ese caso, tenga unos folletos: aquí encontrará lo necesario para poner sus asuntos en orden –el médico le acercó unos dípticos, de colores variados, con portadas ofensivas de cielos azules y caras sonrientes, con tipografía recargada y maquetación espantosa. Un pinchazo agudo llamó su atención desde las entrañas, como para recordarle que cualquier comentario irónico sobre los folletos no evitaría que el cronómetro continuase avanzando.

Salió a la calle para que un día soleado como un pan recién horneado se mofara con soberbio descaro de su penosa situación. ¡A su edad y tener que aguantar la mala educación de un cáncer que se presentaba sin avisar! Como aún era temprano para encerrarse en casa a autocompadecerse, entró en una rijosa cafetería para saborear una ensaimada y un café con leche. ¿Una última cena a las diez de la mañana? La camarera se hizo de rogar, enfrascada en averiguar porqué dos hermanos se peleaban por una herencia en una telecomedia matutina carente de gracia. Continue reading

El fin de los días

Mi bisabuelo Sixto solía decir que los hombres mueren varias veces a lo largo de sus vidas. Mi madre, por lo visto, se lo oyó decir a media voz alguna de esas tardes primaverales en las que la tristura invade los espacios y la melancolía congela de pronto el aliento templado de las estancias. Y yo también lo digo, pues no faltaría más. Y lo digo porque mi bisabuelo era hombre de pocas aunque ilustradas sentencias. Si decía algo, lo que fuera, es porque tenía sus razones. Yo las tengo igual que las tuvo mi ancestro, y pienso contárselas a ustedes. Bueno, no todas quizá, pero sí algunas. Las de más enjundia, me las guardo con el permiso del respetable en el tabernáculo del pecho a modo de secretos de vida.

Lo que sí les voy a contar, a cambio, es lo que siento ahora mismo, a mis cincuenta y demasiados años de haber vivido apenas sin enterarme, igual que les sucede a buena parte de los seres humanos. De las personas humanas, como dice la señora Engracia, mi portera, y hasta escriben y recalcan –reiterando neciamente- algunos otros grandes ignorantes de la lengua española; que haberlos, haylos, y empaquetados por docenas, como los huevos de corral o las magdalenas artesanas.

Me pillan hoy, lo confieso, con la guardia baja, con esa urgencia tan rara y especial de explayarme, de sincerarme a manos llenas, de abrir de par en par las ventanas de mi trastienda para defenestrar intimidades. Vamos, que me pillan confesor y necesitado, y con vocación de participarles algunas cosas importantes para mí. Que lo sean a la vez para ustedes, es problema que no me atañe; allá penas si empatizan o no con mis cuitas y consternaciones.

Para empezar, anotaré que estoy convencido de que estamos llegando al fin de los días. Sí, sí, el fin del mundo. ¡A ver si no! De hecho, ha llegado ya. Porque el fin del mundo es algo que sucede constantemente, sin solución de continuidad, desde que Dios tuvo la indecible ocurrencia de formar al hombre a su imagen y semejanza durante esa funesta sexta jornada de la creación del universo. Dios no se equivoca –eso lo sabemos todos desde que fuimos al parvulario de la escuela-, así que no me queda otra sino pensar que el Creador estaba de guasa ese día e hizo al hombre para troncharse de la risa con él. Tal debió ser la risión que le dio al Serenísimo al verlo terminado, que optó por darle enseguida una compañera de aventuras para ver qué idioteces hacían juntos y así desternillarse en condiciones con los dos. Continue reading

Moebianas (I)

No es difícil reconocer una elaboración del tema «fin del mundo» en las fábulas cíclicas, las variaciones sobre el eterno retorno. A esos loops espaciotemorales fue gran aficionado Jorge Luis Borges, que con su prosa pulcra y serena supo infundir a la mente vértigos que el melodramatismo de los poetas no ha logrado superar.

Quizá el mejor ejemplo de ese colapso de la lógica lineal del tiempo lo encontramos en el cuento «Funes el memorioso», en el que Ireneo Funes –dotado de una memoria prodigiosa capaz de recordar «las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y [de] compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez»– decide, en dos o tres ocasiones, rememorar un día segundo a segundo, de principio a fin: «cada reconstrucción había requerido un día entero», nos informa el narrador. La idea es siniestra, pero sus implicaciones adquieren proporciones cósmicas: nada habría impedido a Funes repetir, en lugar de un día, su vida entera hasta el preciso momento en que decide recordarla, y precipitarse así en un anillo de Moebius cuyo fin es su principio.

La infinitud del instante aparece reelaborada en «El Aleph», el cuento más famoso del argentino. El Aleph es ese punto en el que el narrador del relato ve todos los objetos y acontecimientos que pueblan la existencia. El verdadero asombro no proviene tanto de la visión de esos objetos «como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia». La enumeración de las cosas que se ven en el Aleph ocupa una página. Podría ocupar una biblioteca entera: «vi el Aleph desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra». Que la visión dure un segundo o una vida, nada cambia. El universo es la cáscara de nuez que incluye el universo que incluye la cáscara de nuez.

Borges nos presenta una elaboración más metódica del tema en el ensayo «El tiempo circular», en el que atribuye a Platón la simiente de ese «regresar eternamente al Eterno regreso». Según dice el filósofo en el Timeo, cuando el giro de los planetas los devuelva a su posición inicial se cumplirá el año perfecto. Si –como se creía entonces y muchos creen aún– el destino de la humanidad está regido por astros, ese recomenzar afecta también a la historia. Cicerón cifraba el año perfecto en doce mil novecientos cincuenta y cuatro «de los que nosotros llamamos años» (cosa que, dicho sea de paso, invalida los cálculos mayas). En esa línea, el filósofo Lucilio Vanini diría en 1616: «De nuevo Aquiles irá a Troya […]; la historia humana se repite; nada hay ahora que no fue; lo que ha sido será».

Como en una cinta de correr, la eterna repetición anula el avance. El sujeto no avanza hacia ningún abismo, porque en su solipsismo no hay abismo posible. La base filosófica es simple, puro Parménides: lo que es es; lo que no es no es. El instante es la eternidad.

End Fin

En uno de los silencios de las siete de alguna mañana y extrañamente, comenzaba a percibirse el sonido de un despertador que enloquecía de manera ascendente. Ansiaba a la persona que la noche anterior se había molestado en ajustar su rutina sin considerar que después de tantos segundos ya se había consumido más de media pila. El sonido de aquel exhausto despertador agonizaba como bostezando al mismo tiempo, y su luz, como si fueran unos ojos luminosos que trataban de abrirse, casi no podía encenderse y parpadeaba frágilmente.

De nuevo otros silencios que se solapaban lo invadieron todo por unos momentos, hasta que otros ojos quedaron bien abiertos en la oscuridad. Bien abiertos pero totalmente idos hacia ningún lugar o hacia un punto fijo de algún horizonte que nunca ha existido más allá del pensamiento. Cuando se despertó el animal, no atinaba a ver en que lugar del universo se hallaba el interruptor que su dedo, cual símbolo de la creación buscaba la luz y el poder que todo ilumina. Y en ese momento llegó de nuevo el nuevo día para emprender su rutina una vez mas en el subconsciente del animal. El incomprensible ciclo de la vida en el que todo acaba tarde o temprano, de una manera o de otra para recomenzar de nuevo de alguna que otra forma, casi sin más.

Si no se hubiera despertado, ese día no hubiera recomenzado particularmente. Al mismo tiempo todos los mismos días de ese mismo día e incluso todos los demás días siguientes que ocurrirían en un mismo día, y así sucesivamente, hubieran sido, con total certeza diferentes. Los párpados del animal abrían unos ojos pero también abrían nuevas variaciones en la ecuación de posibilidades que siempre está en ebullición avanzando hacia el final. Uno no puede huir y volver a lo pasado (personalmente para mi eso siempre ha sido una ventaja). En un día cualquiera todo termina, ya no puede ser jamás tarde ni será tampoco temprano. El eco de trompetas del fin del mundo se percibía. Y entonces, qué mas da…

El fin del mundo Deluxe

las calles agolpadas de gente empujándose y corriendo como loca. un niño con un montón de diarios grita. “EXTRA, EXTRA, TE PEDÍ UNA PIZZA EXTRA DE QUESO, MORO DE MIERDA”. cuando se acaba el mundo todos nos ponemos nerviosos y la pagamos con trabajadores inmigrantes, y coleccionamos periódicos para recordar, en este caso y posiblemente, el hecho más importante del año. es el fin del mundo y algunos aprovechan para hacer las últimas compritas en El Corte Inglés. pero la mayoría intenta escapar. evadirse viendo el último Sálvame Deluxe. Jorge Javier y los suyos han querido acabar a lo grande. aguantando el chaparrón en un directo entre meteoritos y fuego. uno cae encima de Karmele y la carboniza. Jorge Javier lo comenta con naturalidad. incluso bromea, sin hacer leña del árbol caído. el público ríe y aplaude. entonces el crítico de tele Telemonegal, que está viendo el programa sentado en el sofá de su casa con los pies metidos en un cubo de agua con sal, comprende lo que siempre había criticado. en el último segundo del universo a Telemonegal se le es revelado el verdadero significado de la telebasura, y su alma se reconcilia con Telecinco. Telemonegal, el mundo y el último Sálvame Deluxe acaban en un fundido a blanco Pato WC total, que cubre espacio y tiempo de grifos relucientes y váteres impolutos. el anuncio de lavabos más blanco y perfecto jamás visto. vacío. sin niños ni mascotas que vengan de jugar en el barro. ni nadie con ganas de hacer popó.

por @llimoo

D’on no n’hi ha, no en raja

Vaig veure un autobús vermell de dues plantes que volava darrere la Sagrada Família. El conductor, que tenia el cap cobert amb una gorra d’uniforme, devia ser un expert, ja que el vehicle circulava amb una calma i un rigor professionalíssims. Malgrat que jo tenia altres preocupacions més immediates, l’assossegat voleiar de l’autobús va aconseguir desconcertar-me i distreure’m dels meus maldecaps: ¿podia ser tan fàcil com semblava moure un monstre motoritzat com aquell entre unes torres tan secularment sagrades? L’embadaliment agradable i les preguntes a l’aire, però, no em van durar pas gaire estona, ja que les preocupacions pendents van assaltar-me de nou, aquest cop ben físicament i per l’esquena.

El xiulet eixordador d’un parell de bales va ensordir-me les orelles i va fer que retornés al meu assumpte principal i important, que no era sinó el de fugir dramàticament i cames ajudeu-me d’un perseguidor malcarat que volia veure’m mort.

Tanmateix, la mort ja no espantava del tot, en aquells dies. L’horror es gasta i, ai las!, els cors es glacen amb més facilitat que el que un home càndid d’altres èpoques s’hagués pogut pensar. Només calen unes quantes escenes d’acció massa consecutives, uns quants assalts salvatges als veïns, unes quantes visceres escampades sobre els asfalts ja per sempre més ardents, uns quants càlculs rigorosos de com lliurar-se dels morts familiars de la setmana.

Els cors es gelen però les cames sempre seguiran corrent sense aturador quan et persegueixin. Després d’uns minuts sense rumb i sentint l’alè del persigador al clatell, vaig trobar una via d’escapament prou encoratjadora per la meva salvació immediata però dubtosa quant a altres perills: una boca de metro. Vaig baixar escales avall fent quatre salts i, un cop a dintre l’estació, vaig aconseguir, amb un moviment àgil i teatral, ficar-me dins d’un vagó just abans que es tanquessin les portes. El perseguidor, estalonant-me, no va poder accedir al vagó per poc.

Les hores següents van ser més tranquil·les. Les vaig passar recorrent ara una línia ara una altra, canviant d’estació constantment per mirar de despistar-lo. La tenebra dels túnels d’intercanvi entre línies no m’inquietava com m’hauria d’haver inquietat, malgrat l’aparició, de tant en tant, d’algun nen de rostre emmalaltit que sortia en calçotets d’antics armaris de manteniment. A les andanes la gent es ventava amb revistes i diaris vells, esperant un metro conduït per membres més o menys de fiar de la R. S.. Recordo que, en el temps que vaig passar a dins els cotxes, em distreia la monotonia del sacseig dels cossos mig adormits o mig morts dels meus companys de viatge.

Però, potser per desgràcia, l’acció havia d’intentar continuar fins i tot dins d’un metro. Així, en una de les meves llambregades panoràmiques per sobre els rostres de la gent, vaig descobrir un cap d’un senyor prim i uniformat que duia la mateixa gorra que el conductor de l’autobús volador. Amb una necessitat inconscient que passés alguna cosa, vaig mirar els ulls de l’home. Enfonsats i humits, en un primer moment no semblaven fer-me gaire cas. Però, de sobte, l’home s’alçà maquinalment i, a poc a poc, aixecà un braç i m’apuntà amb el dit índex. Continue reading

La música del final. 2. Te amaré hasta el fin del mundo

 

Cierto es que muchos de los temas de Nick Cave pueden ser considerados herederos de algún modo de épica apocalíptica, por esa cadencia y por esa intensidad tan propias de la banda australiana. Y cierto es también que la canción en cuestión no habla exactamente del fin del mundo. Pero no me dirán que en caso de cataclismo final no pensarían en Nick Cave y los ‘Bad seeds’ para la banda sonora de aquel momento.

Esta canción no habla del fin, habla del miedo, de la dulce sensación de saberse a salvo de algo que podría habernos matado y  de la consecuente consciencia de que amamos. Incluso hasta el punto de sentir que amarás así hasta el fin del mundo.

El protagonista declama —solamente canta el estribillo— sus aventuras en un  pueblo de mierda del que sale vivo de milagro al volante de su coche. Las estrofas describen en susurros un día para enmarcar: explosiones y cristales rotos, borrachos de discoteca que se quedan pasmados y un ciego que busca a gritos a su perro-guía muerto en el desastre.

En su huída el hombre pide ayuda al cielo, cierra los ojos y reza, pero no es a Dios a quien llama, le pide a ella. ‘¡Ayúdame, ayúdame niña! Te amaré hasta el final del mundo.’ Sale de allí como un demonio dejando atrás aquel estúpido lugar, con el machete en el bolsillo de sus vaqueros, y contemplando a los caballos que también huyen campo a través, bajo la lluvia, le canta. Canta a la belleza de su amada y le da las gracias. Ahora sabe —aunque tal vez sea mentira— que la amará hasta el fin del mundo.